Por Víctor Garijo
Estamos en el duodécimo día de enero y todavía no he visto una película porque cómo ver
cualquiera y errar viendo una cinta olvidable, y ese es uno de mis pensamientos
más recurrentes cuando me miro al espejo, o cuando me pongo las gafas. Tal vez
incluso, cuando quiero prender fuego a mi vigésimo cuarto cigarrillo de la
mañana, el que me fumo entre las diez y las diez y media, apoyado sobre la
puerta de mi nevera o asomándome a través de la ventana, cuando todavía no sé dónde
me llevarán los pasos de un día que se caracterizará por tenerme en vilo,
pendiente de las musas. Esas damas coquetas y elegantes, las que saltan en
círculos y me empujan hacía el precioso abismo que es la escritura. Me gusta
Clint Eastwood, me digo abotonándome una camisa no limpia, sino impoluta, pero
también admiro el talento de Billy Wilder, uno de los poquísimos cineastas que
me hacen reír, agregó echando a caminar, y por qué no Allen, me pregunto
mientras subo los escalones del autobús. El caso, amigos, es que no sé qué
cojones hago sin ver una película ya. Si, la que sea, aunque no valga paa naa,
aunque solo me apetezca llorar porque su realización sea pésima. Da igual.
Tendré 353 días para enmendarme, pero que el juego, caray, empiece ya.
Al fin y al cabo,
el cine, queridos, solo es CINE: espectáculo en movimiento, arte fulgurante que
nos eriza el vello; y yo, solo soy un opinador más, un hombre que se abotona
hasta el cuello porque desde la butaca, se siente mínimo.
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