Maps to the Stars (Canadá-USA-Alemania-Francia, 2014).
Dirección: David Cronenberg.
Intérpretes: Julianne Moore, Mia Wasikowska, John Cusack, Evan Bird, Olivia Williams, Robert Pattinson, Sarah Gadon.
Guión: Bruce Wagner.
Música original: Howard Shore.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Montaje: Ronald Sanders.
Idioma: Inglés.
Duración: 111 minutos.
El sueño de Hollywood produce monstruos
Por Irene Galicia
Lejos quedaron los monstruos cronembergianos de los ochenta, pero el director no ha perdido el interés por retratar nuevos engendros: en esta ocasión, los que pueblan ese incierto lugar llamado Hollywood. Entre el drama ácido y la comedia negra, bajo las directrices del director canadiense Hollywood se convierte en el infierno y su relato en un mal sueño tan absurdo, tan imposible y al mismo tiempo tan real, que resulta cómico. Piromanía, endogamia, egocentrismo, mezquindad, fantasmas, pastillas y esquizofrenia son las miserias que quedan al descubierto en Maps to the Stars; una disección del interior más oscuro de los habitantes de la meca del cine.

La obsesión por la popularidad - o como la llamaba recientemente el personaje encarnado por Edward Norton en Birdman, "la prima puta del prestigio"-, empuja a los personajes a un abismo de crudeza, crueldad y locura que los torna capaces de cualquier cosa por no perder su visibilidad, y hacen del estrellato y la ambición la razón de su existencia en un mundo dominado por la fama, el reconocimiento y la obsolescencia del cuerpo femenino; un mundo en el que incluso tu propia estatuilla Genie puede convertirse en un arma letal.
Tan jocoso como amenazante, el filme sugiere que los traumas también responden a las modas, insinuando que la última de ellas podría ser, por ejemplo, las historias sobre incesto. La trama se abre entre tinieblas atravesando argumentos como el abuso de fármacos estadounidense, el egoísmo desmedido, el arribismo a cualquier precio, las tendencias homicidas y una desbocada perversidad bañada por una atmósfera entre onírica y delirante que en ocasiones se asemeja al mejor Lynch.

Si no es esta una película completamente redonda, es quizá porque se estanca en algunos lugares comunes, algunos diálogos resultan excesivamente retóricos y sus personajes somnolientos; la repetición hasta la saciedad de un poema de Paul Eluard puede llegar a aturdirnos y no acaba de explotar del todo su potencial cómico. Pero es precisamente esa sensación de intriga inconexa lo que hace de ella una siniestra pero eficaz alucinación sobre el inframundo hollywoodiense, una fábrica de sueños convertida en una fábrica de pesadillas.
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